Hace unos años, en medio de esa vorágine que supuso la licencia en abierto de Cuatro sustituyendo a Canal+ en la televisión española, apareció un producto fresco que recuperaba uno de los géneros mas devaluados y ninguneados del panorama televisivo desde hacía décadas: el reportaje. Y lo hacía modernizando el estilo al que programas dignos pero ya con tufillo rancio nos habían acostumbrado: Informe Semanal o Documentos TV son dos ejemplos paradigmáticos.
Cámara al hombro, edición muy dinámica y tratamiento muy directo de lo que se quiere mostrar al espectador. Estas serían un poco las premisas en las que se basa Callejeros para sacar a la luz lo peor que nos podamos encontrar en cualquier barrio de cualquier ciudad española.
En sus cuatro años de existencia Callejeros ha tenido un buen número de programas que desde mi punto de vista son impecables en contenidos. Me refiero a reportajes donde sin ninguna duda han hecho un retrato de la realidad mostrando lo que en ningún otro medio se había mostrado de la realidad española: la marginación, la pobreza, la droga, la especulación inmobiliaria, la gente que pasa hambre de verdad,... todo eso al lado de nuestra puerta repartido por la geografía del país.
El dilema que siempre llego a plantearme con este programa en apariencia revestido del glamour del «periodismo de verdad» es el siguiente: ¿dónde está el límite entre el interés informativo y el más puro y genuino amarillismo? No creo ni que los propios responsables de Callejeros sepan donde está su límite, y ese es el problema. Me temo que ellos llegan a una zona donde quieren grabar sobre un determinado tema o sobre varios relacionados (sobre todo cuando se trata de mostrar la vida en un barrio marginal) y graban a tutiplén cualquier cosa que suceda delante de ellos.
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